«Hacia rutas salvajes» JON KRAKAUER.

«La libertad y la simple belleza de la vida son algo demasiado valioso para desperdiciarlas.» CHRIS McCANDLESS.

En septiembre de 1992, una partida de cazadores de alces encontró el cadáver de un joven en el interior de un viejo autobús abandonado en medio de la Naturaleza, muy cerca de los límites del Parque Nacional Denali, en Alaska. El cuerpo resultó ser el de Chris McCandless, de 24 años, y su historia acabó siendo conocida en todo el mundo gracias al libro Hacia rutas salvajes de Jon Krakauer y a la película que posteriormente dirigiría Sean Penn.

Seguidor de Thoreau, de Tolstoi y de los relatos de Jack London, Chris McCandless ansiaba al igual que sus ídolos, conocer mundo, vivir aventuras y enfrentarse a dificultades. Su propósito era exprimir el jugo de la existencia y alejarse de las comodidades y de la superficialidad de la sociedad, que consideraba vacía e hipócrita.

A pesar de haber crecido en una familia acomodada y de ser un buen estudiante, no tenía intención de seguir el camino que sus padres habían marcado para él. Por esta y otras razones la relación con sus progenitores estaba muy deteriorada. Tras terminar la universidad, McCandless donó todos sus ahorros a una organización benéfica, se subió a su viejo Datsun en Atlanta y comenzó un recorrido por Estados Unidos en busca de la libertad y de una nueva vida. Su familia no volvió a saber nada de él hasta que se encontró su cuerpo dos años después.

«Por fin se había liberado de las ataduras, emancipado del mundo opresivo formado por sus padres y los que eran iguales que ellos, un mundo de abstracciones, seguridad y bienestar material, un mundo en el que sentía como una dolorosa amputación, la ausencia del latir puro y salvaje de la existencia.»

Su deseo de ruptura con todo era tal que incluso adoptó un nuevo nombre y se hizo llamar Alexander Supertramp. Tras perder su coche en una riada continuó viajando a pie, haciendo autoestop o como polizón en trenes de mercancías, al más puro estilo de London. Trató de llegar a la desembocadura del río Colorado en canoa, vagabundeó por las calles y convivió con otros trotamundos, sin un rumbo fijo, viviendo de forma espartana. De vez en cuando trabajaba pero no permanecía mucho tiempo en un sitio concreto.

Mientras tanto, en su mente se iba forjando una obsesión, la de su aventura definitiva: viajar a Alaska y subsistir durante meses de la caza y de lo que encontrara. Perderse en la Naturaleza y sobrevivir por sus propios medios.

«Desde hace mucho tiempo, Alaska ejerce una atracción magnética sobre los soñadores e inadaptados que creen que los enormes espacios inmaculados de la Última Frontera llenarán el vacío de su existencia.»

Consiguió llegar a Alaska en abril de 1992. Se internó en la conocida como Senda de la Estampida, un camino enmarañado y lleno de barro. Atravesó ríos y bosques hasta que se topó por sorpresa con un destartalado autobús de linea abandonado por una compañía minera hacía décadas. Decidió convertir ese lugar en su campamento. Había comenzado su desafío.

No tenía apenas preparación ni conocimientos sobre la vida en la Naturaleza y los libros ocupaban más espacio en su mochila que la comida o las herramientas necesarias para prosperar en un entorno tan exigente. A pesar de todas las dificultades consiguió sobrevivir durante casi cuatro meses. En su diario anotaba sus andanzas y sus reflexiones. Se sentía feliz. Sin embargo, la escasez de comida y una serie de errores e infortunios le llevaron a su terrible final.

Jon Krakauer contó las vivencias de McCandless primero en un artículo y después de forma brillante en el libro Hacia rutas salvajes que ya se ha convertido en un clásico. El joven protagonista es considerado por muchos como un héroe y por otros tantos como un auténtico idiota. El autor, experto alpinista, no duda en mostrar su empatía hacia Chris y traza paralelismos relatando experiencias similares vividas por él mismo y también por otros aventureros y soñadores que de forma parecida acabaron encontrando la muerte en medio de algún lugar desolado.

Para Krakauer, McCandless no era un inepto ni un loco, sino un chico que por orgullo llevó al extremo sus ideales. Chris tan solo trataba de explorar el territorio de su alma, de encontrar un sentido de su existencia más allá de los caminos convencionales.

«Su vida rezumaba sentido y propósito. (…) McCandless desconfiaba del valor de las cosas que se obtenían con facilidad. Se exigía mucho, más de lo que al final pudo dar de si.»

La historia de Chris McCandless, o Alexander Supertramp, ha atraído y fascinado a miles de personas. En estos tiempos no es difícil identificarse con sus ansias de libertad y reconocer en uno mismo la atracción que ejercía sobre él la naturaleza salvaje.

Su final es también una advertencia sobre el peligro que supone la radicalización de las ideas. No obstante, su vitalidad y su valentía nos impulsan a intentar vivir siguiendo nuestros valores, a nuestra manera. Y nos invitan también a tratar de saborear cada momento de la vida.

«Es en las experiencias y recuerdos, en el inconmensurable gozo de vivir en el sentido más pleno de la palabra, donde puede descubrirse el significado auténtico de la existencia. ¡Dios, qué fantástico es estar vivo! Gracias, gracias…» CHRIS McCANDLESS.

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