«Un paseo por el bosque» BILL BRYSON.

«Era el infierno. Los primeros días en el sendero siempre lo son. Yo estaba absolutamente en baja forma, absolutamente. La mochila pesaba un montón. Un montón. Nunca me había encontrado con algo tan duro, para lo cual estuviera tan mal preparado. Cada paso era una lucha.»

El Sendero de los Apalaches recorre unos 3.500 kilómetros del este de los Estados Unidos. Parte desde Georgia y termina en el Monte Katadhin, en Maine, atravesando por el camino la naturaleza de otros doce estados, a lo largo de la cordillera que le da nombre. Creado en los años 30 del siglo pasado, se ha convertido en una de las mecas del senderismo, un reto que intentan cada año miles de aventureros pero que completan en su totalidad solo unos pocos: los llamados thru-hikers. El sendero pasa casualmente cerca de la casa del escritor Bill Bryson quien, un buen día y sin haber realizado nunca nada similar, decide recorrerlo.

Cuando uno ya ha leído anteriormente a Bryson, la lectura de un nuevo libro suyo es como reencontrarse con un viejo amigo. Su ironía y visión práctica de la vida, su sentido del humor y humildad para reírse de si mismo, nos muestran a un tipo inteligente y sencillo al que apetece conocer y con el que es fácil empatizar.

Como escritor es difícil de clasificar ya que sus obras van desde la literatura de viajes («En las antípodas«), la divulgación científica (la imprescindible «Una breve historia de casi todo«) hasta una biografía sobre Shakespeare. En «Un paseo por el bosque» nos relata las experiencias reales vividas recorriendo el Sendero de los Apalaches: la naturaleza asombrosa por la que camina, las personas con las que se encuentra, las anécdotas y las dificultades. Muchas dificultades.

Porque Bryson está cualquier cosa menos preparado para llevarlo a cabo. Con más de cuarenta años y sobrepeso, ninguna experiencia el mundo del senderismo y escaso conocimiento de la vida salvaje, no parece que la idea vaya a tener buen fin. Tampoco infunden optimismo todas las historias que lee y escucha sobre los peligros con los que se va a encontrar ahí fuera: la meteorología, la posibilidad de sufrir un accidente y lo que más le obsesiona: los osos.

«Hasta ese momento no se me había ocurrido que los osos podrían merodear en grupo. ¿Qué demonios haría si cuatro osos venían a mi campamento? Pues morir, naturalmente.»

Decide buscarse, por tanto, un acompañante para el viaje y el único que responde a esa locura de propuesta es Stephen Katz, un antiguo compañero de correrías por Europa al que hace años que no ve. Tiene la misma edad que Bryson, peor estado de forma, y además, ciertos problemas con el alcohol. Todo parece apuntar al desastre.

Pero aun así, tras los preparativos, una fría mañana de marzo se ponen a caminar desde Georgia. El comienzo es una pesadilla. Se encuentran totalmente fuera de lugar. Sin embargo, persisten y pronto establecen una rutina diaria consistente en ir atravesando bosques, collados y montañas, a menudo indistinguibles unos de otros, de tal forma que caminar, observa el autor, es básicamente lo único que hacen.

«La mayor parte del tiempo no piensas. No tiene sentido. En su lugar, existes en una especie de modo Zen en movimiento, tu cerebro es como un globo amarrado con cuerdas, acompañando pero no formando parte realmente del cuerpo.»

A lo largo del camino también se van sucediendo momentos divertidos – provocados por ellos o por los personajes con los que se encuentran, muchos realmente extravagantes – y alguna situación de cierto peligro, como cuando los temidos osos merodean su campamento. El autor nos lo narra todo con su particular estilo, que a veces nos despierta la risa casi con cada párrafo.

«Chicken John estaba siempre perdiéndose y acabando en los lugares más improbables. Dios sabe cómo alguien podría arreglárselas para perderse en el Sendero de los Apalaches. Es la senda más claramente definida y mejor balizada que se pueda imaginar. A menudo es la única cosa que hay en el bosque que no es el bosque. Si sabes diferenciar entre los árboles y un largo pasillo que atraviesa los árboles, no tendrás problema para encontrar el camino a lo largo del SA. […] Aun así la gente se pierde.»

Mientras tanto, Bryson disfruta del paisaje, de los momentos de soledad, de la ausencia de obligaciones. Es un tipo que siente curiosidad, al que le gusta aprender, y nos aporta numerosos datos y anécdotas sobre la historia del sendero y de los lugares por los que pasan. Lamenta también la pérdida de los árboles primigenios y se preocupa por su supervivencia. El motivo principal que le ha llevado a lanzarse al sendero es poder contemplar de toda esa singular naturaleza antes de que desaparezca por la deforestación o el cambio climático.

Bryson no es un hombre de montaña. Sin embargo, complete o no el camino, logrará hacerse más fuerte, se llevará experiencias como dormir bajo las estrellas, comprenderá la escala del mundo y comenzará a sentir un profundo respeto por la Naturaleza y la vida salvaje.

El libro fue llevado al cine en una agradable película protagonizada por Robert Redford y Nick Nolte. Se trata de una lectura con la que es difícil que todo amante de la Naturaleza no sienta el deseo de lanzarse a recorrer cualquier sendero y de, como decía el naturalista John Muir, citado por el propio Bryson:

«…echar una pedazo de pan y una libra de té en un viejo hatillo, y saltar por encima de la valla trasera.»

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